En la cúpula capital, el culto al egocentro libertario se concentró; por un lado, a reconocer y alabar al individuo privilegiado de vil mérito inmerecido. Y por el otro, a desconocer y explorar a la eterna mayoría siempre marginada de la libertad y el progreso compartido. Con este cruel  paradigma se conservó exponencial el abismo entre clases impuestas por los siglos de los siglos. Hoy ésta injusticia explosiva ya no se contiene pasiva y la generación condenada a sobrevivir el anunciado apocalipsis lo protesta y reclama en las calles con gran frustración y enorme enojo. Fallamos a nuestros hijos, a la humanidad y al planeta. Falló la ficción ideológica de buenos contra malos. 

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