La marca Búfalo se volvió simbolo de un fenómeno social de culto al antojo excitante y al apetito sensual de que; en el mar la vida es más sabrosa. El boom chilango en el Acapulco de los años 80´s del siglo pasado estuvo marcado por la intencidad de la Era Disco Dance: La moda audaz, la libertad desvelada, el desenfado clasista y el enfoque miope al físico y al dinero era lo que rifaba en aquel momento de esplendor superficial.
Durante el medio día era onda asistir a la marisquería más popular a curarse la cruda y después, otra vez, al club de playa de moda a lucir el cuerpo bronceado y esbelto o la cartera húmeda y obesa, en la tarde noche al Andersons a comerse y beberse el tiempo y de media noche hasta antes de medio día intentar colarse al Baby O a ver si entrabas y haber quién existía en la burbuja VIP repleta de gente bien y mujeres bellas. Se trataba de dejarse ver ligando, mal bailar, librar mala copas hasta ponerse hasta la madre; o, de perdida o de consuelo inconfesable, terminar tirado en algún burdel de mala muerte en la zona roja.
Al dia siguiente era de ley un “vuelve a la vida” en esa marisquería de moda siempre bien puesta con el tradicional mantel de hule verde reticulado y su obligada botellita de salsa búfalo de centro de mesa.
Dicha salsa, de renuente vertido a base de secas nalgadas para expulsar el espeso rojo picante de su clásica y apretada botellita fálica, se convirtió en el aditivo adictivo de los afrodisíacos cócteles de ostion, camarón, pulpo, callo o vuelve a la vida escenciales en aquella deleitósa experiencia costeña.
De tarde y al atradecer el Tabasco Beach en playa Condesa era “ the place to be”, sin duda el mejor lugar de taco de ojo en toda la costa del Pacifico en el Acapulco Snob de la mejor época del destino. La música de Gloria Gaynor, Bee Gees, Elton, Luis Miguel, Juan Gabriel, Emanuel, etc …, se mezclaba con el beat coqueto de las cachondas fichas en juegos de backgammon apostados sobre los camastros a un lado de la alberca; y afuera en la playa, los ambulantes entonaban el concierto tropical, con el repiqueteo a ritmo de las botellitas cascabeleras rellenas de aceite de coco dorado para broncear la piel que desbordaba los apretados bikinis o devoraba sin misericordia a las ociosas e inútiles micro tangas.
El relleno de esas botellitas cuasi vacías de picante con aceite de coco se hacía sin lavarse el recipiente, lo que, al untarse, causaba una rica comezón que aderezaba el anhelado bronceado con un acento de febrícula cachonda. El residuo de salsa roja combinado con el tono cobre del aceite agregaba a la piel una saludable base de color dorado y encima ese sedimento bloqueaba sin saberlo a los malignos rayos UV y de paso resbalaba las malas vibras de la inevitable envidia ajena; además más tarde, con ese mismo aceite levemente enchilado se lubricaba y aliviaba el ansioso deseo carnal de más noche.
Existía, en esos alegres tiempos un sensual ritual practicado por aquellas chavas, siempre sexys tras de sus oscuras gafas gucci, mientras esperaban sin desesperar la reta del backgammon sentadas en flor de loto sobre sus respectivos camastros, o sumergidas en la humanidad de la caldosa alberca; al tiempo que alternaban en sus labios, el Benson mentolado y su popote de plástico inserto en su coco loco de ginebra. Era éste el sensual ritual de chuparse los dedos de aquel rojo endeléble, sabroseandose la buena vida y un trozo de coco tierno, recién partido a machete limpio, preparado con limón agrio, sal de grano y por supuesto su salsa bien picante búfalo.
Esta atmosfera holistica playera, constituia un virtuoso ecosistema circular y orgánico de ambiente salsero que integraba: el antojo afrodisiaco, la estética erótica del bronceado perfecto y para cerrar el círculo, la sensualidad juguetona de la ilusión del sexo picante.
Curiosamente esta leyenda la deduje cuando tiempo después trabaje para la marca Búfalo, la cuál ya habia llegado a ser la salsa de chile más vendida en México. En aquella época dorada en Acapulco, se consumía ahí en el bello puerto el 70 % de toda la producción de esa popular marca de Herdez y de esos numerosos lotes de producto en frasquitos…No se recuperaban en absoluto ninguna de sus singulares botellitas, que; como expliqué, terminaban en aquel destino turístico tropical, recicladas de mil maneras posibles.